Rosquillas de la Tía Javiera


Tradicionalmente se dice que para San Isidro, en Madrid comemos dos tipos de rosquillas, las tontas y las listas, diferenciadas únicamente en el toque final: las tontas se dejan tal cual, sólo con la masa, y las listas llevan un glaseado, generalmente de limón. Originalmente, las listas de conocían como de Fuenlabrada.
Quien sepa un poco más de nuestras costumbres, añadirá una tercera clase: las de santa clara. Al parecer, su origen estaría en el monasterio de la Visitación, cuyas monjas son conocidas como de Santa Clara y su cobertura es a base de merengue seco blanco.
Mucho más difícil es encontrar quien conozca un cuarto tipo de rosquillas madrileñas: las francesas. La tradición popular cuenta que a Bárbara de Braganza, consorte de Fernando VI, no le gustaban las rosquillas tontas, le parecían insípidas, y el cocinero real les añadió almendra picada y azúcar, creando un nuevo tipo.
Pero… ¿cuántos conocen el quinto tipo de rosquillas del santo, las de la tía Javiera?
Las rosquillas de la Tía Javiera
«Por haber sido mi padre médico titular de Villarejo de Salvanés y por ser de allí mi madre, he tenido cabal noticia de la verdadera Tía Javiera y de su descendencia. Cuando yo nací (Benavente nació en 1866) ya no existía la Tía Javiera, que, en efecto, no había dejado ni tías ni sobrinas, pero si una sobrina segunda que todos los años, por San Isidro, venía a Madrid y tenía su puesto con las más legítimas rosquillas de Villarejo y de la Tía Javiera… No vestía la lugareña como las de otros puestos similares; vestía como una señora de pueblo y llevaba al cuello un collar de aljófar de muchas vueltas…»
Jacinto Benavente, Diario ABC (1950)
La Tía Javiera fue una vecina de Villarejo de Salvanés que se hizo famosa a finales del s. XIX con su propia (y secreta) receta de rosquillas del tipo de Santa Clara.
Acudía cada San Isidro a la Pradera, para colocar su puesto y, como cuenta Jacinto Benavente, murió sin descendencia.

Pronto le salieron numerosos imitadores para aprovechar la fama de sus rosquillas: la Pradera se llenó de supuestos familiares y herederos de la Tía Javiera, haciéndose popular una copla que decía:
«Pronto no habrá, ¡Cachipé!
en Madrid duque ni hortera
que con la tía Javiera
emparentado no esté».
Una sobrina segunda de Javiera reclamó el derecho de usar ese nombre para continuar con el negocio de su tía.
Finalmente, la fama de estas rosquillas acabó disipándose en el primer tercio del s. XX, y la Tía Javiera terminó convirtiéndose en un personaje popular de las fiestas de Madrid, en forma de cabezudo o de falla.

El obrador donde se fabricaban estas famosas rosquillas cerró definitivamente a principios del s. XXI.
«Las rosquillas especiales de Villarejo eran las de baño blanco, y la gracia de ellas estaba en que el baño no se cuarteaba ni se desprendía al partirlas. Su elaboración era muy esmerada. Sus componentes, harina, huevos y azúcar, habían de ser de la mejor calidad»
Jacinto Benavente, Diario ABC (1950)
El escritor consiguió desentrañar la historia de las archifamosas rosquillas de la Tía Javiera porque su madre, Venancia, era de Villarejo y su padre, Mariano, fue médico titular del municipio.