Primero debes completar 1. Prehistoria (I) – Los primeros pobladores de Madrid antes de ver esta lección

El calendario festivo del Madrid medieval

Aunque las fiestas alcanzarían su máximo esplendor en Madrid con el establecimiento de la Corte de forma permanente en la Villa1, muchas de ellas ya se celebraban desde varios siglos atrás, aunque de un modo mucho más modesto.El calendario festivo madrileño del s. XV que se ha podido atestiguar documentalmente quedaría de la siguiente forma:

20 de enero, San Sebastián

En la víspera, 19 de enero, se realizaba ayuno.Ya el día 20 se celebraba una misa en la iglesia de Santiago y una procesión que comenzaba y finalizaba en dicha iglesia.En 1501, para los festejos, se decidió construir un nuevo retablo en honor al santo, pues el que había estaba muy deteriorado. Para ello, el Concejo acordó que Francisco de Alcalá fuese por las casas de los nobles y «personas de onrra desta Villa» solicitando ayuda económica. Finalmente, ante la poca cantidad que pudo ser recaudada, fueron los propios regidores quienes lo tuvieron que costear de su propio sueldo, poniendo cada uno un ducado2, «ecepto del señor don Juan porque por si e su mujer e hijos tiene dados quatro ducados».

25 de abril, San Marcos

Este día se conmemoraba con una procesión que terminaba en la iglesia de San Miguel de los Octoes3.Tiempo después, esta fiesta terminó convirtiéndose en la romería del Trapillo4.

23 de junio, San Juan

Esta fiesta era, probablemente, la más antigua de las que se celebraban en el Madrid tardomedieval. En el s. XV el festejo más esperado de este día era la corrida de toros, pagada por el Concejo y por el gremio de carniceros, y que se solía realizar en la zona en la que hoy se levanta la Plaza Mayor.

8 de diciembre, la Concepción

Esta fiesta se celebraba en Madrid desde 1483, año en que el Concejo de la villa hizo voto solemne de conmemorar esta fecha de forma perpetua.Este voto indicaba, además la forma en que debía realizarse:

«Primeramente, que (…) vn día antes de su víspera se pregone públicamente por las calles desta dicha Villa, que se ayune a conducho Quaresmal su vigilia della, y que el día de la fiesta todos los vezinos (…) sean tenidos de ir a honrar su fiesta, que se ha de celebrar y fazer en la iglesia de Santa María del Almudena desta dicha Villa, e los Cabildos (…) sean para ello rogados e mandados que lleuen los cirios de sus Cofradías (…), e que ese día sea fecha processión solenemente a la dicha Iglesia (…) e se tome y hase dezir las horas. E que fasta passada la processión ninguna persona sea osada de facer otra alguna»;

El día 7 de diciembre se realizaba un ayuno y una vigilia. El día 8, las cofradías llevaban cirios para la misa especial que se oficiaba en la iglesia de Santa María de la Almudena tras una solemne procesión que acababa en ese templo.El voto concluía diciendo que…

«en esta promesa no entran los menores de veinte años ayuso5, e las mugeres que están preñadas, o las que crían, e aquellas otras personas que otras legítimas escusiones e impedimentos tuuieren».

El Corpus Christi

Esta fue la más importante de las fiestas anuales que se celebraban en Madrid. Se oficiaba misa, se hacía una procesión desde la iglesia de Santa María de la Almudena hasta la plaza del Arrabal6, a lo largo de la calle Mayor, y se celebraban juegos y danzas.

Según la tradición, incluso la propia reina Isabel I la Católica asistió a esta celebración en 1482, viendo la procesión desde un balcón de la casa de los Lujanes, en la actual plaza de la Villa.

En 1481 el Concejo regularizó la forma en que debía celebrarse el Corpus en Madrid: todos los gremios de la villa debían procesionar ese día (bajo pena de multa de 3.000 maravedíes), judíos y moriscos también tenían permitido participar en los festejos; los regidores y demás oficiales concejiles estaban obligados a encabezar la procesión (también bajo duras penas económicas).

En 1491 el Concejo publica nuevas normas para engalanar todavía más la fiesta: dado que en la villa viven «tantos cavalleros y personas honrradas y siendo todos tan católicos y temerosos de Dios», era necesario que la celebración del Corpus fuese más grande en Madrid que en otras ciudades. Así que se dictamina que, a partir de ese año, el mayordomo se encargue de que para esa fecha se compren seis hachas7 para llevar en la procesión y dos cirios para decorar el altar en la misa. Además, habría que comprar 6 varas8 de paño para usarse en los pasos de la procesión. Por último, se establece que el escribano del concejo pregonase un mes antes la festividad del Corpus, para que todo el mundo se pudiese preparar con antelación y que el encargado de los arreglos finales fuera «Juancho, pintor», al que se dio para ello «en cada un año (…) un asno franco porque tenga cargo de pintar todas las cosas que fueren menester para el día de Corpus Christi».

Por otro lado, el mayordomo del Concejo era el encargado de tener preparadas las velas y cirios, tanto para esta fiesta como para las de San Sebastián y la Concepción. Una vez terminada la celebración, se calculaba la cantidad de cera consumida, y se le abonaba al cerero. En 1497 éste era Fernando, al que abonaron finalmente catorce libras9 y media, por un precio total de 721 maravedíes.

Entretenimientos y conmemoraciones

Juegos populares

Las primeras menciones a los juegos populares que practicaban los madrileños durante la Edad Media aparecen en la rúbrica LI del Fuero de 1202, y hacen referencia al juego del chito;

«De quien jugase al chito. Todo hombre que jugara a los chitos, y al arrojar el tejo, hiriera y no matara, pruebe (…) que no quiso herirlo; además, pague la cantidad para curar la llaga».

Aunque este juego tiene múltiples versiones que se juegan en toda España, la variedad a la que se refiere este párrafo del fuero se juega lanzando un disco metálico (tejo o tanga) contra un cilindro o pieza similar tallada de madera (chito) que se coloca a unos 20 m del lanzador. Encima del chito se coloca una moneda que hay que derribar.Ya en pleno s. XV, en los Libros de Acuerdos del Concejo, se recogen más datos sobre otros juegos que se practicaban en Madrid: la bola, los birlos10, dados y naipes, la pelota…Las autoridades concejiles velaban sobre todo por evitar la peligrosidad potencial que podían representar para el resto del vecindario y por prohibir las apuestas de dinero y se imponían duras penas a los que incumplían las ordenanzas:

«Mandaron pregonar que ninguna persona sea osada de jugar a la bola e birlos, salvo fruta e vino e no más, so las penas de los otros juegos vedados»…

«Ordenaron que persona alguna non sea osado de jugar dinero seco a la bola más de un real en todo un día, porque se halla jugar en mucha forma y despojarse unos a otros; so pena que si más jugare, que por la primera vez pague cinquenta maravedís de pena e por la segunda ciento e por la tercera ciento e cinquenta y questé ocho días en la cadena»…

«Acordaron (…) que ningún tavernero non sea osado de consentir jugar dados ni naipes ni otro juego en sus tavernas así dinero seco commo vino o cosa de comer, so pena de seiscientos maravedís para el enpedrar desta Villa»…

Alarde de los caballeros

Las gentes del norte que repoblaron Castilla desde los ss. IX y X alternaban sus labores agrícolas con el servicios de armas para defender las tierras fronterizas que iban ocupando.

Entre los repobladores destacaban aquellos que poseían caballo y armas y, además, estaban dispuestos a combatir al servicio del rey en sus campañas contra los distintos estados andalusíes11. Su disponibilidad para la actividad bélica les otorgó privilegios y exenciones y acabó convirtiéndolos en un nuevo estamento creado expresamente para ellos: los caballeros villanos o caballeros de alarde.

En la segunda mitad del s. XIII, durante el reinado de Alfonso X el Sabio, ya sólo quedaba el reino nazarí de Granada como único reducto andalusí en la Península, así que los combates con los musulmanes cesaron y la actividad militar de los caballeros de alarde se vio drásticamente frenada. A partir de ese momento se convierten en una milicia al servicio de sus Concejos, defendiendo el territorio y ganado municipales.

Pero a partir de 1483 Fernando el Católico comienza su campaña contra Granada, y los caballeros villanos se convierten en el principal contingente militar en los combates contra los musulmanes.

La villa de Madrid contribuyó con sus caballeros en las campañas de 1485, 1486, 1487, 1488, 1489, 1491 y 1492. Tras la conquista de Granada, los caballeros madrileños sólo volverían a participar en combates fuera de la villa con ocasión de las revueltas moriscas de las Alpujarras, Ronda y Sierra Bermeja.

Para que estos caballeros fuesen merecedores de las exenciones y beneficios de que disfrutaban, tenían que demostrar periódicamente su condición de tales, es decir, que seguían en posesión de armas y caballo, y que ambos estuviesen en buen estado. En 1485 los regidores madrileños revisaron las ordenanzas antiguas acerca de los caballeros de alarde, y acordaron básicamente que los caballeros mostrasen sus armas y caballos, es decir hiciesen alarde, ante los oficiales correspondientes una vez al año, y que aquellos que no se presentasen dejarían de ser considerados caballeros de alarde12. En los primeros años del s. XVI se endurecieron las condiciones: había que hacer el alarde dos veces al año, el 1 de marzo y el 1 de septiembre, y cada caballero debería presentarse con un caballo valorado, al menos, en 6.000 maravedíes.

Estos alardes se realizaban generalmente en el Campo del Rey, frente al alcázar13, y era el Concejo quien decidía cuándo y ante quién debía tener lugar.

Toros

Los toros fueron el festejo popular más frecuente del Madrid medieval, adoptando la forma de los actuales encierros«correr los toros»—, que siempre se realizaban en recorridos marcados para ello. En el Fuero de 1202 ya aparece mencionada dos veces esta práctica. En la rúbrica CIX se estipulan las penas que se impondrán a quienes lleven «cuchillo puntiagudo» en el «coso»; y en la rúbrica CXII se determinan varios puntos sobre estos eventos: cualquier hombre que corriese vaca o toro dentro de la Villa, tenía que pagar tres maravedíes a los fiadores del Concejo; las vacas o toros que se llevaban a la villa tenían que ir atados con dos sogas, una a los cuernos y la otra al pie; y aquel que tirase una piedra o garrocha14 a la vaca o al toro, o corriera en el coso con una lanza o un palo afilado, tendría que pagar a los fiadores una multa de dos maravedíes por cada infracción cometida.

En cada encierro se corría un número variable de reses, de 3 a 12. Dos eran costeados por el gremio de carniceros de la villa, obligados legalmente, y el resto los pagaba el Concejo. El corral donde se quedaban los toros hasta el día del encierro estaba en la cuesta de la Vega, desde donde subían al Campo del Rey o eran conducidos a la plaza del Arrabal, para su lidia. El recorrido se protegía con talanqueras.

Los animales no se mataban, y si algún vecino lo hacía, era multado severamente.

Por ejemplo, en 1497 se recoge que un tal Juan zurrador15 y su hermano mataron a un toro de los que se corrieron el lunes de Pascua, siendo condenados a pagar 40 reales al ganadero, Bernaldino de Lara de Vicálvaro, en indemnización por la pérdida sufrida.

Se corrían toros en la fiesta de San Juan, el día de Santiago, el lunes de Pascua y el día de Santa Ana, además de en cualquier otra ocasión en que hubiese que celebrar algo inesperado16.

Recibimientos y albricias

Los festejos no religiosos, fuera del calendario anual, se celebraban con motivo de ocasiones muy variadas: la llegada de noticias sobre victorias militares en las campañas de Granada y Navarra, nacimientos o bodas, estancias en Madrid de personajes notables, reyes y príncipes…

Cuando ocurría algo de esto, acudían a la villa los vecinos del alfoz17 de Madrid y de otros lugares de la comarca y se producían enormes aglomeraciones. Durante esos días, en la villa escaseaban los víveres de primera necesidad, y la gente, ansiosa por comprar, se agolpaba en los mercados. Aprovechando la coyuntura, el Concejo no perdía la oportunidad de subir los censos o alquileres que pagaban los tenderos.

Durante los festejos era casi imposible encontrar alojamiento; sobre todo teniendo en cuenta que la villa estaba ya muy poblada en el s. XV, sobre todo de muros adentro. Así, cuando el Concejo tuvo que indemnizar al vecino Juan Palomino con un solar en compensación de otro que le habían expropiado, cerca del alcázar, fuese muy difícil encontrar uno libre: tras haber «andado y paseado toda la Villa e arraval (…), a Dios grazias, esta Villa está tan poblada que no se halla dónde se pueda dar que sea sin perjuizio de la Villa e de tercero».

Cuando Madrid recibía a personajes reales, todos los vecinos, incluidas las autoridades civiles y religiosas, sacaban sus mejores galas para lucirlas, lo que, la mayoría de las veces, suponía grandes gastos para las arcas municipales. Los reyes, conscientes de estos gastos extraordinarios, a veces colaboraban. Como cuando en 1499 llegó a Madrid el entonces príncipe don Carlos: los Reyes Católicos escribieron al Concejo diciéndole que ellos aportarían el paño necesario para el recibimiento, para que así no tuviesen que hacer ningún gasto.

De todas formas, cuando el Concejo hacía algún desembolso, se cuidaba de que se pudiera amortizar en sucesivos festejos: tras el susodicho recibimiento al príncipe, los regidores ordenaron pagar a Rodrigo, pintor, 1.600 maravedíes por haber pintado las varas usadas para el engalanamiento de las calles, y que estas varas decoradas se guardasen para la festividad de Corpus de los años siguientes.

Algunas veces los propios reyes daban instrucciones muy concretas sobre la forma en que se había de recibir al visitante de turno. En 1502, entraron en Madrid los príncipes doña Juana y don Felipe de Austria, y los Reyes Católicos instruyeron cumplidamente al corregidor de la villa sobre lo que tenía que hacerse:

«La orden que esa villa ha de tener en su rrecibimiento es ésta: han los de rrecibir con palio de brocado (…), y deben ser dos palios, cada uno con sus floraduras, y porque han de venir juntos, cosidos por medio, bastará que sea cada uno de dos piezas, porque de otra manera serían muy anchos (…); y en el dicho rrecibimiento no deben hazer juegos porque no los saben hazer, haziendo comparación delos que hazen en Flandes; más toda la fiesta del rrecibimiento debe ser mucha gente de cauallo, concertando que toda la gente desa villa y de su comarca salga (…) al rrecibimiento lo más concertadamente que pudieren, y no poniendo a nadie en que se vista ni haga gastos, y si alguno se oviere de vestir, trabajando que sea de colores y no de negro, porque parezca más alegría con que lo rreciben».

Las entradas de personajes importantes a la villa solían hacerse por la puerta principal, la de Guadalajara, tras pasar antes la comitiva por la del Sol y por el primer tramo de la calle Mayor. Estas zonas que iban a ser recorridas por los visitantes se ornamentaban y reparaban:

«Acordaron (…) que para la entrada (…) senpedre la calle grande de la Puerta del Sol, desde lo enpedrado hasta la casa de Vallejo, e que en lo questá detrás antes desto por enpedrar de la dicha calle, senpedre, de manera que junte lo uno con lo otro; y que por esta necesidad por que se manda enpedrar sin pedillo los vezinos, que la Villa ayude con un tercio e lo otro lo paguen los vezinos».

Los caballeros y señores que vivían fuera de la ciudad eran siempre avisados con tiempo por el Concejo, para que con su presencia diesen una mayor vistosidad a los festejos. Según los documentos municipales, uno de los que recibía sin falta la notificación en todos estos acontecimientos era Juan Arias.

Los festejos también se organizaban para conmemorar acontecimientos en las familias más notables de Madrid, como los narrados por el licenciado Quintana con motivo del nacimiento de un miembro de la familia de los Ocaña:

«tuuo este Cauallero (Fernán García de Ocaña) a Gonzalo García de Ocaña Contador mayor y Tesorero general del Rey D. Iuan el II, que también tuuo en el Ayuntamiento los oficios honrosos que su padre: hízose dél grande estimación en esta Villa, y tanta, que para el nacimiento de vn nieto suyo que se llamó Nicolás de Ocaña hizieron muchas fiestas los Caualleros della, corriendo toros el día que se bautizó, para lo qual se hizo vna calle de madera desde sus casas principales (las que al presente son de los Luxanes a la plazuela de San Saluador) hasta la misma Iglesia de san Saluador toda entoldada y ricamente tapizada lleuando la criatura a recebir el agua del Bautismo en vna almoada de brocado (…), demonatración que aun en este tiempo no se ha visto hazer con hijos de grandes, sino es apadrinándoles los Reyes».

Honras fúnebres

Aunque no eran fiestas propiamente dichas, las honras fúnebres que se realizaban tras la muerte de personas reales también constituían un «entretenimiento» para los madrileños de esta época.

En 1497 se organizaron con motivo del fallecimiento del príncipe don Juan, teniendo el Concejo que efectuar una derrama de 60.000 maravedís. Además del traslado de los religiosos que llegaron a la villa a tal efecto (20 frailes llegados desde Alcalá y Pinto, con un coste de 2.000 maravedíes), el Concejo pagó a otro más, fray Ambrosio de San Francisco de Guadalajara, para que predicase en la villa durante esos días.Los documentos que nos han quedado dan idea de la solemnidad de la ceremonia:

«»Dióse cargo a Juan Álvarez e Varrionuevo que hagan hazer el ataúd que se a de levar e las camas de la plaza de San Salvador e del Arraval (…)».

«Acordóse que se lleven con el ataud veinte e quatro hachas, e que las lleven los hijos de cavallero e pajes (…)».

«Nombraron para regir la procesión Álvaro de Luxán e Juan de Luxán e Iván de Vargas e Juan Álvarez (…); que lleven el ataud en la procesión los regidores».

«Acordaron que haya quatro reyes darmas e que se les dé quatro lobas de luto e sus capuces, e questén a las esquinas de la cama».

El Concejo costeaba las ropas que tenían que hacerse sus oficiales: los porteros llevaban «ropones18 de xerga19 con sus capillas20»; y los regidores vestían una «loba21 con cola e capirote22 e ropón», para cuya confección se necesitaban veinte varas de paño de a 100 maravedíes la vara y 40 de sarga.

Tras las honras, era obligatorio mantener el luto durante un tiempo, periodo en el que los hombres no podían llevar bonete de colores y la mujeres tenían que llevar tocas negras.


Notas:
  1. En 1560, con Felipe II.[]
  2. Moneda acuñada en la Corona de Castilla, de 3,6 g de oro.[]
  3. Una de las diez parroquias que aparecen recogidas en el Fuero de 1202, se encontraba situada en el solar del actual mercado de San Miguel, junto a la plaza Mayor.[]
  4. Romería que se celebraba el 25 de abril en la ermita de San Marcos, en las cercanías de la puerta de Fuencarral entre la plaza de Alonso Martínez y la glorieta de Quevedo. Se comenzó a celebrar en el s. XVI por los artesanos de gremios cercanos a la ermita, pero pronto se convirtió en popular. Su nombre le viene de la época en la que se celebra: a comienzos de la primavera, cuando las temperaturas comienzan a dejar de ser invernales, ya se podía ir con ropas más ligeras a la romería, lo que se llamaba «ir de trapillo».[]
  5. «A yuso», hacia abajo.[]
  6. Actual plaza Mayor.[]
  7. Se da el nombre de hacha a un conjunto de mechas gruesas juntas cubiertas de cera, usadas en las ceremonias fúnebres o para iluminar las festividades públicas.[]
  8. Unidad de medida de longitud equivalente a 3 pies. En Castilla 1 vara era aproximadamente 0,8349 m.[]
  9. Unidad de medida de peso, equivalente a 15 onzas castellanas, unos 460,093 kg.[]
  10. Juego de bolos que consiste en derribar todos menos uno.[]
  11. E incluso, a veces, contra otros reinos cristianos.[]
  12. Dejando de gozar de los correspondientes privilegios.[]
  13. Aproximadamente la actual plaza de la Armería.[]
  14. Vara larga rematada en una punta de metal en uno de sus extremos, que se usa para dirigir animales por el campo.[]
  15. Persona cuyo oficio consiste en zurrar las pieles para curtirlas.[]
  16. En 1493, por ejemplo, se conmemoró la sanación de Fernando el Católico con una procesión solemne y el encierro de tres toros.[]
  17. Conjunto de pueblos que dependen de otro principal y están sujetos a una misma ordenación.[]
  18. Prenda de vestir larga que por lo general se pone suelta sobre las demás.[]
  19. Tela tejida en sarga[]
  20. Gorro similar al bonete pero con alas, su función es proteger del sol. Los materiales más habituales para su elaboración son la palma para los sombreros de verano, o la tela, el fieltro, la lana, el raso o el terciopelo para los de invierno.[]
  21. Prenda de abrigo talar, cerrada, despegada del cuerpo y, por norma general, sin mangas. Algunas variantes son las lobas con «maneras», aberturas laterales para sacar los brazos, o las lobas con «alas», mangas abiertas y flotantes. Es una prenda especialmente apta para hombres de letras, colegiales y otras personas de autoridad.[]
  22. Tocado masculino que presenta dos modelos. El primero proviene del capuchón rematado en punta que se usó como prenda de abrigo desde el s. XIII y cubría tanto la cabeza como el cuello, pudiendo ir abierto (por delante o por detrás) y abotonado, o totalmente cerrado. En el s. XIV se le añade una cola o «manga» y es usado como prenda austera, especialmente para el duelo o la solemnidad religiosa. El segundo modelo también se remonta al capuchón primitivo, pero tras sucesivas transformaciones da lugar al «capirote de rollo»: un rollo relleno de lana o juncos que encaja en la cabeza, y del cual sale un apéndice llamado «beca» que cae sobre uno de los hombros. Este tocado también lleva una especie de cresta que cubre la parte superior de la cabeza, y es usado para asistir a actos solemnes.[]

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