Primero debes completar 31. Madrid medieval (X) – Hospitales medievales de Madrid antes de ver esta lección

Sectores económicos y profesionales

En el Fuero de 1202 podemos encontrar una recopilación de los oficios que desempeñaban los vecinos de Madrid durante la Edad Media. De lo recogido en este importante documento podemos deducir que incluso en los primeros momentos de dominio cristiano, la economía de Madrid no se basaba exclusivamente en la producción agrícola: de las 30 menciones sobre actividades artesanales y profesionales, el 10% corresponde a ganadería y agricultura (hortelano, pastor, vaquerizo), el 33% a la artesanía de subsistencia más básica (carnicero, panadero, pescador, vinatero, pisador), el 23% a la artesanía especializada (tejedor, cardador, curtidor, herrero, sartenero, carpintero), y el 20% a las actividades comerciales (mercader, regatón, tabernero, arriero).

Agricultura

La clase más baja de los pecheros1 estaba formada por los trabajadores de la tierra, agricultores y hortelanos. La agricultura constituía uno de los pilares económicos del Madrid medieval, por lo que muchos de sus habitantes trabajaban en este sector, en las grandes zonas de cultivo que había tanto en la propia villa como en sus alrededores más inmediatos.

Los cultivos más importantes eran el cereal, en la hondonada de las Hontanillas2; las hortalizas, en la zona del Pozacho3 y los olivos, en la zona de Santo Domingo.Además, el caserío, disperso, estaba lleno de espacios libres en los que se plantaban

«guertos e guertas e olivares e corralizas (…), sembrados de pan e de otras semillas dentro de la Villa».

Las ordenanzas del sector agrícola recopiladas en 1379 nos muestran la gran variedad de los productos cultivados en el Madrid medieval: sarmientos, uvas verdes, uvas, higos, rosas, azafrán, cerezas, granadas, manzanas, almendras, peras, aceitunas, coles, lechugas, puerros, pepinos, habas, zanahorias, nabos, melones, garbanzos, guisantes…

Aunque estos productos no se cultivaban sólo en el suelo del término municipal, sino más propiamente en el del alfoz4, la lista nos sirve para poder hacernos una idea de la extensión y variedad de los aprovechamientos agrícolas madrileños en aquella época.

Ganadería

La ganadería no fue demasiado importante para la economía medieval de Madrid. Las referencias documentales sobre esta actividad son escasas, y hablan siempre de una producción de artículos de primera necesidad.

Aún así, la ganadería madrileña, sobre todo la lanar, fue importante para otras actividades relacionadas con la alimentación y la industria del vestido. Las ovejas se convirtieron en un valor económico más como las casas, las tierras y las viñas, y su posesión era un indicador de la existencia de una oligarquía rural fuerte social y económicamente y muy influyente.

Artesanía

Por encima de los trabajadores de la tierra se encontraban los artesanos, que representaban el grupo pechero más grande en Madrid, al menos a partir de mediados del s. XV.

Desde esta fecha comienzan a especializarse en sus actividades y se separan ya claramente de las labores agropecuarias, alcanzando en poco tiempo una variedad asombrosa. Así, antes de comenzar el s. XVI ya aparecen documentados infinidad de oficios artesanales que se desempeñaban en la villa.

El Concejo arrendaba algunos de estos oficios —carnicero, aceitero, pescadero, zapatero…— a personas que, mediante el pago de una cantidad fija anual, obtenían la exclusiva para la comercialización y venta de sus productos. Recibían el nombre de «obligados». En contrapartida, era el propio Concejo quien fijaba los precios de venta de esos productos.

La artesanía de subsistencia, encargada de los abastos, agrupaba a carniceros, pescaderos, panaderos, cortadores, triperas… Y se conocen con bastante precisión los lugares en los que se encontraban las distintas carnicerías, pescaderías y alhóndigas que tuvo la villa, y numerosos detalles del trabajo diario de estos artesanos.

El Concejo practicaba un marcado intervencionismo en todo lo relativo a estos artículos de primera necesidad: los precios, las medidas y calidades estaban regulados por el Concejo y eran objeto de una vigilancia especial. También se controlaba rigurosamente la reventa de todos estos productos.

Otro tipo de artesanos eran los ocupados en la construcción. Los más frecuentes eran los alarifes (en su mayoría, mudéjares), empedradores y tapiadores.

Pero el mayor número de artesanos se concentraba en la artesanía especializada: la industria del cuero, la textil y la metalúrgica.

Los curtidores, zapateros y borceguineros son los artesanos más mencionados, y sus actividades son las que antes se asentaron en zonas específicas de la villa, obligados por la necesidad de agua abundante y corriente que conllevan sus oficios.

También los artesanos de los metales, como herreros, caldereros, cerrajeros, cuchilleros, plateros… Necesitaban ubicarse en lugares determinados, esta vez elegidos por el propio Concejo, dada la naturaleza insalubre de sus actividades. Con el paso del tiempo estos artesanos darían nombre a varias calles cercanas a la Plaza Mayor.

Los artesanos especializados más numerosos fueron los textiles, que junto a los del cuero formaban el sector hegemónico entre los artesanos. Los distintos oficios que incluían eran variadísimos: albarderos, calceteros, cinteros, cordoneros, guanteros, pañeros, roperos, tejedores, tintoreros… Y terminaron agrupándose en el arrabal de San Ginés, dando nombre a muchas calles de aquella zona. Al igual que en las industrias anteriores, el control del Concejo sobre las calidades, medidas y precios de los correspondientes artículos producidos es constante.

Por último, hubo otros oficios que, sin ser importantes dentro de la artesanía medieval madrileña, confirman la gran diversidad que ésta alcanzó: candeleros, carpinteros, especieros, libreros, pintores, relojeros, silleros, tañedores…

Pequeño comercio

Los pequeños comerciantes fueron otro grupo importante dentro de los pecheros, y por norma general disfrutaba de una posición económica más holgada que la de los artesanos.

En este grupo estarían los traperos «de viejo» y «de nuevo», que se dedicaban a comerciar con tejidos, y que están presentes en Madrid desde comienzos del s. XIII, teniendo calle propia en el arrabal de San Martín; a los bodegueros, mesoneros y taberneros, que regentaban sus establecimientos, generalmente situados a lo largo de las calles que comunicaban el recinto medieval con las localidades cercanas; y a los propietarios de tiendas, que se encontraban sobre todo en las cercanías de la puerta de Guadalajara y la plaza del Arrabal5.

Por los documentos conservados sabemos que en Madrid no hubo grandes mercaderes y comerciantes como en otras ciudades medievales más importantes.

Profesiones liberales

Los trabajadores que tuvieron una posición más atípica fueron los dedicados a profesiones liberales y los servidores reales. Por su infrecuente preparación intelectual o por su distinguido origen consiguieron ocupar puestos muy cercanos a los que aspiraba la pequeña nobleza.

En este grupo se encontraban los bachilleres, licenciados, letrados y escribanos, que casi siempre trabajaban para el Concejo, de forma más o menos continua. Su número aumentó mucho a lo largo del s. XV.

A continuación podríamos poner a los profesionales de la enseñanza, los «maestros de la gramática», pagados por el Concejo desde 1346 y quizá existentes con anterioridad, aunque en este caso sin más ingresos que los aportados por los propios alumnos.

Finalmente, los profesionales de la medicina, uno de los grupos laborales de mayor poder adquisitivo y más queridos por todos los vecinos. En este sector podíamos encontrar tres grandes grupos: por un lado los saludadores, ensalmadores y santeros, que la mayor parte de las veces rozaban el curanderismo y la superchería; por otro, los boticarios, oficiales menores encargados de la preparación y venta de los medicamentos; y por último los cirujanos6 y los físicos o médicos, que eran oficiales de la villa, como los boticarios y los cirujanos, y tuvieron, en su mayor parte, origen hebreo: de los siete documentados antes de 1492, al menos cinco fueron judíos.

U ejemplo del cariño que se les tenía a los médicos en el Madrid medieval es que Rabí Jacó, médico judío muerto en 1488, fue probablemente el único de su religión que tuvo permiso para vivir fuera de la aljama7, para que no quedase aislado del resto de la población y pudiese visitar a los enfermos con mayor diligencia.

En bastantes casos este oficio se transmitía de padres a hijos, como se puede ver en la extensa nómina de médicos medievales madrileños que ha llegado hasta nosotros, sobre todo a través de las actas concejiles de la segunda mitad del s. XV.

Servidores reales

El grupo de pecheros lo completaban los servidores reales: contadores, secretarios, continos, ballesteros, coperos, escuderos…

Su número era grande desde comienzos del s. XV gracias a las cada vez más frecuentes visitas de la Corte en la villa y al auge de un nutrido número de familias notables cuya principal aspiración era acceder a cargos u oficios cercanos al rey. En su mayor parte se afincaron en la zona de San Salvador y alrededores.

Breve nómina de oficios del Madrid medieval

La primera lista que nos ha llegado con los oficios que realizaron los madrileños durante la Edad Media aparece en el Fuero de 1202.

Aceiteros

Durante mucho tiempo el aceite se despachó en siete tiendas, repartidas entre la villa y sus arrabales. De ellas se ocupaban Cristóbal Donaire, Alonso Martínez y Juan García.

Tres estaban en la plaza del Arrabal, y las otras cuatro se repartían entre la plaza de San Salvador, los pilares8, el arrabal de San Ginés y la casa del propio Juan García.

Cuando, en alguna ocasión, se cerró alguna, las quejas del vecindario rápidamente forzaron su reapertura.

Alarifes, albañiles y fontaneros

Estos oficios fueron los que dieron mayor prestigio y reconocimiento a los musulmanes madrileños, y hasta finales del s. XV fueron ellos, casi exclusivamente, los que acometieron todas las obras relativas a puentes, manaderos de agua y fuentes.

Candeleros y cereros

En 1492 se dictan en Santa Fe9 las ordenanzas que organizaban lo trabajos de los cereros y candeleros, y en 1502 empiezan a aplicarse en Madrid. En virtud de estas normas los maestros de estos oficios tenían que elegir cada año a dos veedores que examinarían a los oficiales que quisieran poner tienda y a los que la hubieran puesto en los últimos cinco años. Además, también tenían que inspeccionar las tiendas donde se vendían estos artículos para el Corpus, la fiesta de Todos los Santos y para Cuaresma.

Carniceros, cortadores y triperas

Durante la segunda mitad del s. XV, Madrid tuvo tres carnicerías dentro del recinto amurallado: una sólo para hidalgos en la plaza de San Salvador, una junto a la puerta de Valnadú y una exclusiva para los mudéjares en la zona del Pozacho. Los vecinos de los arrabales disponían, al menos desde el reinado de Enrique IV, de la carnicería de San Ginés, a la que pronto se unieron las de la Plaza del Arrabal y la de Santa Cruz, reservada a los pecheros.

Como en los demás suministros de primera necesidad, también en éste el Concejo intentaba controlar la calidad del producto que se vendía al público, y para ello el Concejo enviaba periódicamente a los fieles10.

Nos ha quedado constancia de los precios a los que se vendía la carne en el Madrid medieval: 1 arrelde11 de vaca, puerco o cordero costaba 12 o 13 maravedís, el de tocino unos 30, y el de carne de carnero sobre los 18; 1 cuartillo12 de cabrito, 6 maravedís. Pero el Concejo permitía que estos precios se subieran en ciertas fechas, como en los tres últimos días de Cuaresma.

Curtidores

Las ordenanzas que redactó el Concejo para regular el trabajo del cuero son las más completas que conservamos y se fueron elaborando a lo largo de todo el s. XV, completándose con las Ordenanzas generales de pellejeros y curtidores de los Reyes Católicos en 1503.

No estaba permitido sacar cueros fuera de la villa, si no era bajo rígidas condiciones y estos se almacenaban y se vendían en la alhóndiga, que fue construida en 1498 en la plaza de San Salvador, en una bodega perteneciente a Diego González de Madrid. Por el uso de esta alhóndiga se pagaba un alquiler de 1.500 maravedís al año.

Herreros

El Fuero de 1202 nos habla ya de la existencia de herreros de azadas en Madrid y de herradores de caballos, burros y mulas, fijando el precio por sus servicios.

Las fraguas se encontraban bastante dispersas durante la época medieval. Sabemos que Hamad de Cubas y Hamad de Griñón, herreros mudéjares, se negaron a trasladar las suyas al arrabal de la Morería en 1482.

A partir de 1500, se documenta un potro de herrar en la plaza del Arrabal y seis locales para herreros, cuchilleros, caldereros y fraguas, siendo regentados, entre otros, por el maestre Abraén de San Salvador, Yuzú de Polvoranca y el converso Juan de Tapia. Hacia 1510 el Concejo ordena trasladar estas fraguas a seis casas-tienda situadas en Puerta Cerrada13, prohibiendo expresamente instalar fraguas en otro lugar de la Villa.

Jornaleros (peones, pastores, carpinteros, albañiles…)

El Concejo madrileño aseguraba la duración mínima de los contratos de los jornaleros en una temporada: «desde el día de San Pedro hasta Todos los Santos y de Todos los Santos hasta San Pedro»14. En caso de infracción, se multaba tanto al patrono (con una multa igual al sueldo que pagaba) como al jornalero (que perdía su sueldo).

En 1497, además, se fijó en 15 años la edad mínima para poder empezar a trabajar en el cuidado del ganado y que los menores debían ir acompañados de otro pastor de mayor edad, lo que levantó las protestas de los ganaderos que empleaban a sus hijos. Estas protestas obligaron a rectificar al Concejo, que rebajo la edad mínima a los 11 años.

El Concejo también fijó los jornales que debían pagarse a los trabajadores de la villa: 25 maravedíes y vino para los peones de viñas y 20 maravedíes para los segadores.

Médicos

En el Madrid medieval existían varios oficios que se dedicaban, de una forma u otra, a cuidar de la salud de los vecinos:

Saludadores, ensalmadores y santeros

Curaban enfermedades y componían huesos usando simplemente sus oraciones, imágenes milagrosas y unos pocos medicamentos naturales.

Madrid tenía dos ensalmadores: Joan Malpensado, y una mujer de la que se desconoce el nombre pero que estaba casada con Alonso, que era santero. Los tres estaban exentos de pagar impuestos y eran muy estimados por los madrileños: en 1499, los Reyes Católicos prohibieron ejercer a la ensalmadora, y los vecinos enviaron a los monarcas no menos de cuatro cartas intercediendo por ella.

Los saludadores, en cambio, eran itinerantes. En 1483 uno visitó Madrid, y se le pagó 10 reales por «saludar a varias personas que avía mordido un perro que rraviava», y en 1495 se contrató a Juan Rodríguez de Palacio, vecino de Getafe, para que acudiese a la villa siempre que fuese necesario.

Boticarios

Preparaban y vendían las medicinas, y eran, junto a los físicos y los cirujanos, oficiales asalariados de la villa y estaban exentos de tributos. Conocemos algunos de sus nombres: Alonso de Guadalajara, Vázquez, Juan Díaz, Fernández…El Concejo controlaba a los que pretendían incorporarse al oficio y vigilaba y revisaba periódicamente los medicamentos que se vendían.

Cirujanos

Aunque no tenían ningún tipo de formación reglada, podían practicar la cirugía. El único control que existía sobre ellos era el examen previo que les realizaba el Concejo.

Físicos

Igual que los boticarios y los cirujanos, eran oficiales de la villa, y por ello estaban obligados a pasar un examen previo para poder ejercer, y a mostrar, cuando se les requería, las credenciales de haber superado tal prueba. Algunos actuaban también como cirujanos.

En su mayoría eran judíos: al menos cinco de los siete que hubo antes de 1492.

El más antiguo de los que conocemos fue Don Hudá, que ejerció su oficio hasta 1481, cuando le sucedió maestre Zulema, su hijo; ambos también eran cirujanos.

El más famoso y respetado de todos ellos fue rabí Jacob que gozó durante toda su vida de favores especialísimos. A partir 1481 comenzó a tener una posición social muy distinta a la del resto de la aljama judía madrileña: cuando, en julio de ese año, los judíos fueron confinados en una zona aparte cercada con muro, los regidores madrileños pidieron a los Reyes Católicos que Jacob estuviese exento, y el médico comenzó a vivir cerca de la Puerta de la Vega.

Todos los físicos judíos tuvieron que abandonar la villa en 1492, obligados por el decreto de expulsión, pero dos años después retornaron algunos, ya siendo conversos, y fueron acogidos con los brazos abiertos.

Mesoneros

Gracias a que desde el reinado de Juan II se celebraban en Madrid dos ferias francas15 al año, por San Miguel16 y San Mateo17, en las que se comerciaba con ovejas y cabras que llegaban desde diversos lugares de la comarca (como Medina, Alcalá, Torrelaguna…), a la villa llegaban periódicamente un gran número de mercaderes. Y desde el primer momento hubía que buscarles alojamiento durante los quince días que duraba cada feria.

En épocas posteriores (ss. XVII y siguientes) la mayoría de los mesones y posadas se abrirán en la calle de Toledo y la Cava Baja, pero el primer mesón del que tenemos noticia estaba justo al otro extremo de la villa: era el llamado mesón de la Carriaza, en activo desde el reinado de Juan II18 en la actual calle del Mesón de Paños.

Desde 1496 el Concejo reguló los precios máximos que podían cobrarse por cada servicio en los mesones y posadas madrileños, y ordenaba que estos precios se hicieran públicos mediante una tabla que debía colocarse en un lugar visible.

Estos precios se desglosaban de forma minuciosa:

«Un cavallero o escudero o mercader que tomaren una cama con su llave, dándole todas las cosas de servicio, cama e mesa y leña y agua, diez maravedís (…). Un escudero con mozo e con bestia, dándole cama e todas las otras cosas de servicio, seis maravedís (…). Un escudero con bestia e sin mozo (…), trayéndole de la plaza las cosas que oviere de menester para comer, seis maravedís, y si no se lo truxere, quatro maravedís (…). Un escudero con mula e mozo si vinieren a comer y no durmieren noche, dos maravedís (…). Un peón dándole cama e mesa, dos maravedís».

Pescaderos

El pescado de mar que los madrileños consumían se traía de los puertos de Galicia y Asturias, y los pescaderos lo tenían en remojo hasta el momento de su venta. El problema era que permanecía demasiado tiempo metido en agua, y terminaba por pudrirse. Y ya en 1498 se acordó que los pescados había que tenerlos en remojo sólo un día y sin mezclar especies, todo ello certificado por un fiel del Concejo.

La situación mejoró cuando en 1499 se habilitó una Casa del Pescado, que se situó junto a la puerta de Valnadú, al norte de la muralla, que comenzó a funcionar ese mismo año. En estas instalaciones se controlaba el remojo de los peces.

Esta prohibición del remojo excesivo no afectaba al atún, sardinas y arenques.

El Concejo fijaba los precios de venta del pescado. En 1491 se fijaron los siguientes: pescado cecial19 remojado de los puertos de Galicia y Asturias, 8 maravedís la libra20; tollo21 y pulpo a 6 maravedís la libra; sardinas arencadas22 a 7 maravedís.

Este pescado se vendía en dos pescaderías, las más antiguas de la villa: intramuros, la de la plaza de San Salvador, y fuera, la de la plaza del Arrabal. En 1483 se suma la de Santa Cruz, de uso exclusivo para los pecheros, y en 1489 la de la Puerta de Guadalajara.

En cuanto al pescado de río, la pesca en el Manzanares siempre estuvo muy controlada. Ya en 1202 se recoge en el Fuero de Madrid que no podía pescarse en el Guadarrama23, desde el día de Pentecostés hasta San Martín24.

Relojeros

El reloj más antiguo del que se tiene constancia en Madrid estaba en la plaza de San Salvador25 y coronaba el edificio de la cámara del Concejo, posiblemente en una pequeña torreta. Tenía una campana que daba las horas y, quizá, una figura mecánica que salía al exterior al sonar determinados toques. Casi todas las noticias que conservamos se refieren a su lamentable estado a finales del s. XV, a pesar de las continuas reparaciones que realizaban en él los distintos relojeros que lo tuvieron a su cargo: Arias, Rodrigo el cerrajero, Juan de Francia relojero Toledo, Fernando de Córdova, Pedro, Enciso el clérigo… Estos artesanos se encargaban de tenerlo en perfecto estado por un sueldo de unos 1.500 maravedís al año.

Al comienzo de la década de 1520 ya hay un segundo reloj en la Puerta de Guadalajara, compuesto quizá por dos cuerpos, uno para la campana y otro para la esfera del reloj, y coronado por un chapitel sostenido por cuatro pilares de ladrillo. Fue usado por los comuneros madrileños para convocar a los vecinos, y tras su rendición en 1521 los regidores requirieron que no volviese a sonar más.

En 1522 el viejo reloj de San Salvador es trasladado al Arco de Santa María.

Taberneros y regatones

Sabemos el nombre de algunos taberneros de Madrid hacia la mitad del reinado de los Reyes Católicos: Pedro de Melgar, Pedro de Mena y su mujer María, Juan de Andújar, Pedro de Vega, Juan de Colombres y Toribia Sánchez.

La venta de vino dentro de la villa estaba totalmente protegida por el Concejo: sólo se podía vender el vino producido por los propios madrileños, y el que se trajese de otros lugares sólo podía ser para consumo propio.

Los que tenían cosecha de vino propia podían venderlo directamente al por menor a sus vecinos o venderlo al por mayor a los regatones, que eran quienes luego lo distribuirían al por menor.

Los taberneros, por su parte, participaban a veces de ambos tipos de venta: despachaban vino de su propia cosecha y del comprado al por mayor a otros vecinos.

Si se vendía el vino de otro, eso sí, había que hacerlo a los precios que fijaba el Concejo: en 1498 cada arroba26 de vino bueno a 8 maravedís.

También se vigilaba la calidad de los vinos que se vendían en la villa, y el Concejo llegó a ordenar que a cualquiera que vendiese vino aguado se le incautaría la mercancía y se la impondría una multa de 600 maravedís.

Tejedores, albarderos, calceteros y jubeteros

En el Madrid medieval los diversos gremios textiles se agruparon en el arrabal de San Ginés, que se extendía a ambos lados de la calle del Arenal. Algunos nombres del callejero todavía conservan el recuerdo de estos gremios, aunque se pusieron con posterioridad a esta época: Bordadores, Coloreros

En 1489 el Concejo intentó controlar la calidad de los artículos textiles que se confeccionaban, y los paños tenían que tejerse ajustándose a unas medidas estipuladas.

Zapateros y borceguineros

Éste era uno de los oficios que el Concejo arrendaba a los artesanos correspondientes (Llamados «obligados»). Los precios de las distintas labores se fijaron en 1483. Lo más caro, 110 maravedís, correspondía a los borceguís27 de cordován28, y lo más barato, 7,5 maravedís, a los zapatos infantiles.

Era obligatorio marcar la talla de cada zapato, y para ello se ordenó a todos los zapateros que señalasen a hierro el tamaño en puntos29.


Notas:
  1. En la Castilla del Antiguo Régimen, los pecheros eran los ciudadanos obligados a contribuir al pago de algún tipo de impuesto personal.[]
  2. En la actual plaza de Isabel II.[]
  3. En la parte baja de la actual calle de Segovia.[]
  4. Conjunto de pequeñas aldeas y zonas rurales que dependían de las autoridades municipales de una villa principal.[]
  5. Actual plaza Mayor.[]
  6. Que aun sin tener estudios podían practicar la cirugía previo examen realizado por el Concejo.[]
  7. Barrio autónomo en el que se agrupaban las comunidades judías durante la Edad Media en la península ibérica y que regía la vida de sus miembros, vigilando que sus costumbres y su moral se ajustaran a lo establecido por la religión judía.[]
  8. En la actual plaza de la Cruz Verde.[]
  9. Municipio de la provincia de Granada que en sus inicios fue un campamento militar usado por los Reyes Católicos para el asalto final al Reino Nazarí de Granada.[]
  10. Estos oficiales concejiles se quedaban con una parte de las multas si descubrían una infracción.[]
  11. Unidad de medida de peso que equivalía a poco más de 1,75 kg.[]
  12. Cuarta parte de una arroba. En Castilla, unos 2,875 kg.[]
  13. Parece que esta zona en la que se ubicaron era la parte delantera de la cava, frente a la laguna de Puerta Cerrada, entre la muralla y la actual calle de Toledo.[]
  14. Del 29 de junio al 1 de noviembre.[]
  15. Libres de impuestos reales.[]
  16. 8 de mayo.[]
  17. 21 de septiembre.[]
  18. 14061454.[]
  19. Merluza.[]
  20. La libra castellana equivalía 15 onzas, 460,093 g. 100 libras equivalen 1 quintal.[]
  21. Cazón.[]
  22. Encurtido hecho con sardina y sal, en barricas de madera.[]
  23. Nombre dado en la Edad Media al Manzanares.[]
  24. 11 de noviembre.[]
  25. Hoy plaza de la Villa.[]
  26. La arroba era una una unidad de medida de volumen que para el vino equivalía a 1,6133 l.[]
  27. Tipo de calzado utilizado en la Península durante la Edad Media. Eran botas que cubrían la pierna hasta la altura de la rodilla, similares a las calzas pero fabricadas en piel muy fina para que pudieran adaptarse bien a las piernas.[]
  28. Piel curtida de cabra.[]
  29. El punto era la doceava parte de una línea, equivalente a unos 0,0134 mm.[]

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